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Tras una catástrofe se cuentan los muertos y los heridos, pero no el dolor que no se ve. Atender la mente de víctimas, testigos y rescatadores es tan urgente como curar el cuerpo.
Es habitual que en relación con la súbita devastación que producen hechos traumáticos bruscamente sobrevenidos los medios de comunicación inunden sus espacios con las noticias de la catástrofe y se hagan eco de circunstancias y datos mensurables. Número de desaparecidos, fallecidos, heridos. La estadística del dolor, en cambio, no cuantifica, porque no puede, el dolor moral y psicológico de quienes, de distintas formas, se han visto involucrados, ya sea como víctimas, testigos, o auxiliadores, en este tipo de episodios.
La labor del psicólogo cobra entonces una importancia capital porque se convierte en el responsable de ayudar a aliviar el dolor de esas heridas invisibles que son las heridas del alma. Cuando el suelo se deforma, el agua lo arrasa todo, o la violencia humana fractura la cotidianidad, el mundo físico se destruye a la vista de todos. Sin embargo, existe un derrumbe interior, silencioso y sutil, que no deja escombros visibles pero que paraliza con la misma contundencia.
El impacto psicológico de un evento catastrófico actúa como una onda expansiva. No se limita únicamente al epicentro de la tragedia ni a quienes sufrieron daños directos en su salud o sus bienes; se extiende de forma concéntrica, alterando la percepción de seguridad y la salud mental de comunidades enteras. En ese escenario caótico, la psicología de emergencias no es un complemento asistencial de segunda categoría, sino un pilar de la supervivencia humanitaria.
El primer círculo de esta onda expansiva lo ocupan, de manera natural, las personas allegadas a quienes se quedaron en el camino. Perder a un ser querido en una catástrofe no es un proceso de duelo ordinario. La brusquedad del suceso, la violencia del entorno y, con frecuencia, la angustiosa incertidumbre de la desaparición o la espera de noticias transforman el dolor en un laberinto traumático.
La intervención psicológica inmediata busca sostener el Yo de la persona cuando el impacto inicial amenaza con desintegrarlo. Los profesionales no acuden a ofrecer frases hechas de consuelo, sino a validar el choque emocional, a estructurar la realidad inmediata y a prevenir que ese dolor agudo e inevitable de la pérdida derive en un trastorno de estrés postraumático o en un duelo patológico crónico. Se trata de humanizar el proceso de recepción de la peor de las noticias, ofreciendo un anclaje relacional seguro en medio del naufragio.
No obstante, la estadística del sufrimiento suele olvidar un segundo grupo fundamental: los testigos directos de la tragedia. Aquellas personas que salvaron la vida por azar, por unos metros o por unos minutos, pero que quedaron atrapadas en el horror de la observación. Haber presenciado la vulnerabilidad extrema ajena, escuchar los gritos de auxilio o ver la destrucción de entornos familiares rompe el principio de asunción de seguridad con el que todos operamos para sobrevivir.
El cerebro humano no está diseñado para procesar el caos absoluto sin consecuencias. Estos testigos mudos desarrollan a menudo lo que conocemos como la «culpa del superviviente». Se trata de un tormento psicológico basado en la pregunta persistente de por qué ellos sí sobrevivieron mientras otros perecieron. La labor psicológica con este sector es crucial para reestructurar cognitivamente la experiencia, ayudándoles a integrar el horror vivido sin que este dicte las reglas del resto de sus vidas.
Finalmente, existe un tercer frente de intervención que históricamente ha permanecido a la sombra. Es el que integra al personal de auxilio y rescate. Bomberos, sanitarios, policías, militares y los miles de voluntarios civiles que se despliegan en el terreno muestran una aparente coraza de profesionalidad y fortaleza. Sin embargo, detrás del uniforme y de la acción decidida hay personas expuestas a una sobrecarga emocional extrema. El psicólogo tiene aquí la responsabilidad de atender la fatiga por compasión y el trauma secundario o vicario.
Quienes auxilian acumulan en sus retinas imágenes de devastación, asumen la frustración de no poder salvar a todos y gestionan el dolor de los demás mientras congelan el propio para poder seguir operando. Sin una intervención de desactivación psicológica adecuada al terminar las jornadas —procesos conocidos como defusing y debriefing—, la vocación de ayuda se convierte en una trampa que desgasta la salud mental de los rescatadores. Por ello, cuidar a los que cuidan es una obligación ética y operativa.
La función del psicólogo ante las catástrofes no consiste tanto en «anestesiar» el sufrimiento, como en canalizarlo. Las heridas del alma requieren una sutura invisible hecha de escucha activa, estabilización emocional y psicoeducación. Al dotar a las víctimas, testigos y profesionales de herramientas para procesar el horror, la psicología siembra las bases de la resiliencia comunitaria.
Solo atendiendo con la misma urgencia las fracturas físicas y las fracturas de la psique podremos garantizar que, cuando el foco de los medios de comunicación se apague y las estadísticas dejen de actualizarse, las personas afectadas puedan empezar a reconstruirse no solo por fuera, sino también por dentro.
Las opiniones de esta columna son exclusivamente de quien la firma y no reflejan necesariamente la posición de El Panorámico ni de Lupiloon S.L.
Imagen generada con IAEn China y Filipinas, quien come cierta seta poco cocinada ve multitudes de humanos diminutos, como duendes o payasos. Ya se sabe qué seta es. Lo que nadie sabe todavía es por qué.
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Fuentes: Mycologia (junio de 2026) · Colin Domnauer y Bryn Dentinger (Universidad de Utah) · ScienceDaily · Nature World News.

De David Pérez Sañudo · Thriller histórico · 109 min · Se estrena el viernes 6
Vitoria, finales del siglo XIX. La guerra carlista se lleva a los hombres y a la atención de las autoridades, y mientras tanto aparecen mujeres estranguladas en las afueras. Una de ellas es la hermana de Ángela (Patricia López Arnaiz), que vuelve dispuesta a demostrar que el culpable es un jornalero analfabeto al que nadie toma en serio: Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas. Antonio de la Torre lo borda. Su Garayo parece torpe y casi inofensivo, y precisamente por eso da miedo desde el primer plano. Pero la película no se enamora de su monstruo: mira a las víctimas y a sus familias, y termina recordando sus nombres. «Izena badu, bada»: si tiene nombre, existe. La niebla, los prados empapados y una ambientación de las mejores del año hacen el resto. Un thriller incómodo, respetuoso y muy bien interpretado.
Nadie discute el atractivo visual de la película: el vestuario, la fotografía, la niebla que envuelve Vitoria y los paisajes de Álava están muy cuidados, y Antonio de la Torre está, como habitualmente, bien. El problema está en el guion. Plantea muchas tramas y apenas remata ninguna: la relación de Ángela con su sobrina, el choque con los alguaciles, la guerra de fondo o el origen de la leyenda se quedan en simples apuntes. La película dice querer dar voz a las víctimas, pero acaba dedicando mucho más tiempo al asesino. Y actores como Luis Callejo pasan casi de puntillas. La dirección mantiene un tono demasiado contenido que no siempre juega a favor de la historia, especialmente en unas escenas finales, las del campamento carlista y el campo de batalla, que no terminan de encontrar su fuerza. El resultado es una película visualmente atractiva y con algunas buenas interpretaciones, pero que no acaba de desarrollar todo lo que plantea.
Aquí no hay izquierdas ni derechas: solo cosas que merecen tu tiempo.
Otto Preminger · 1962
El presidente de Estados Unidos propone a un polémico secretario de Estado y el Senado tiene que confirmarlo. Lo que empieza como un trámite se convierte en una guerra de pasillos, favores y chantajes.
Basada en la novela de Allen Drury que ganó el Pulitzer, la película de Otto Preminger se rodó en el propio Washington y retrata el Senado como un tablero donde cada voto tiene un precio. Henry Fonda es el candidato; Charles Laughton, en su último papel, un viejo senador sureño dispuesto a todo para tumbarlo.
Fue de las primeras películas de Hollywood en tratar de frente el chantaje por la vida privada de un político, y sigue sorprendiendo lo poco que ha envejecido. Esta semana, con medio Congreso de Estados Unidos en juego, es la mejor forma de entender que en Washington el poder no se gana solo en las urnas.
Promesas de campaña



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