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Veintidós años después, el recuerdo de cómo un atentado cambió unas elecciones sigue pesando sobre cada campaña. Y esta no es una excepción.
La historia de la España democrática, según diversos análisis y crónicas de la opinión publicada, quedó profundamente marcada por los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid.
Aquella trágica jornada, en la que la agresión del terrorismo yihadista impactó de lleno en la sociedad civil, a apenas tres días de las elecciones generales, instaló un debate permanente sobre la influencia del miedo y la seguridad nacional en el comportamiento del electorado. Desde entonces, la utilización de la amenaza exterior como factor de movilización o de condicionamiento político ha sido una constante en los momentos de máxima tensión institucional.
La gestión de las grandes crisis de seguridad y las relaciones con los países vecinos siguen siendo, de cara a la cita electoral del 29 de noviembre, un terreno abonado para la controversia. Mientras diversos sectores de la oposición y analistas independientes continúan apuntando a la opacidad de los acuerdos con Marruecos y a las vulnerabilidades derivadas del espionaje a los teléfonos gubernamentales, el recuerdo de cómo un impacto terrorista alteró el rumbo del país en 2004 permanece en la memoria colectiva.
Por ello, la alarma difundida estos días en torno a los mensajes yihadistas detectados por el Ministerio del Interior en una web afín al Estado Islámico hace resurgir el duende de las injerencias extranjeras para influir en los comicios y alterar el resultado electoral. Las alertas sobre campañas de desinformación procedentes de actores extranjeros buscan condicionar el voto mediante el miedo, lo cual aunque seguido de cerca por los expertos en ciberseguridad, viene a sumarse a la desconfianza y recelo que la reinterpretación de la "ley de nietos" despierta entre buena parte del electorado, máxime, tras haber saltado la noticia de la intervención del Tribunal Supremo para suspender cautelarmente los derechos de voto de miles de nacionalizados por esa vía en el exterior.
Por otra parte, la fragilidad de las fronteras en Ceuta y Melilla, combinada con la dependencia diplomática respecto a Rabat, reactiva de manera recurrente el temor a que factores de presión geopolítica o amenazas a la seguridad puedan ser instrumentalizados para inclinar la balanza en vísperas de unos comicios decisivos.
En este contexto, la opinión pública observa con preocupación cómo la debilidad del Ejecutivo actual en las relaciones internacionales puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica, justo cuando el país se encamina a las urnas.
La persistencia de estas dudas y la necesidad de blindar la limpieza de los procesos democráticos explican el celo con el que las instituciones judiciales y de control vigilan cualquier movimiento del Ejecutivo.
Ante un escenario donde las decisiones estratégicas de la nación parecen expuestas a condicionantes externos, la firmeza del Estado de derecho se convierte en la única garantía de certidumbre para los ciudadanos. A pesar de los recientes cambios normativos que modifican los protocolos de auditoría informática del escrutinio provisional en el Ministerio del Interior, los pilares de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG) permanecen como el dique analógico definitivo, gracias a la custodia física de las actas en papel, firmadas a mano por los ciudadanos que intervinieron en las respectivas mesas electorales.
Así pues, cuando la sociedad española se prepara para acudir a las urnas a finales del próximo noviembre, la exigencia social de transparencia absoluta sobre el censo y sobre las relaciones internacionales refleja la determinación de evitar que factores ajenos a la voluntad popular vuelvan a interferir en el destino del país, lo cual, de repetirse, tristemente indicaría que la mayor llaga institucional se mantiene abierta bajo la omnipresente sombra del 11M.
Las opiniones de esta columna son exclusivamente de quien la firma y no reflejan necesariamente la posición de El Panorámico ni de Lupiloon S.L.

Un estudio en cinco países europeos, España incluida, ha medido a qué distancia salen volando gorriones, mirlos y palomas. Con las mujeres, despegan un metro antes.
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Fuentes: People and Nature (British Ecological Society, 2026) · Daniel Blumstein (UCLA), Yanina Benedetti (Universidad Checa de Ciencias de la Vida de Praga) y Federico Morelli (Universidad de Turín).
De Travis Knight (LAIKA) · Animación · 132 min · Ya en cines
LAIKA, el estudio de Coraline y Kubo y las dos cuerdas mágicas, lo ha vuelto a hacer. Y esta vez a lo grande. Wildwood cuenta la historia de una niña que se adentra en un bosque prohibido para rescatar a su hermano pequeño, secuestrado por una bandada de cuervos. Dicho así parece un cuento más; visto en pantalla grande, es otra cosa. Cada personaje es una marioneta movida a mano, fotograma a fotograma, y aun así miran, dudan y respiran como si estuvieran vivos. El bosque es un mundo entero, con sus coyotes, sus bandidos y su política, y el tramo final tiene escenas épicas que no desentonarían en El Señor de los Anillos. Lo mejor es que no trata al público infantil como si fuera tonto: habla de la pérdida, del miedo y de la ambición sin suavizarlos. Travis Knight ha dedicado dieciséis años a esta película. Merecen la pena cada uno de ellos.
Nadie discute lo técnico: la animación es una maravilla y cada plano podría colgarse en un museo. El problema es todo lo demás. Son 132 minutos, la película de stop motion más larga de la historia, y se notan. Pasa tan rápido de un rincón del bosque a otro que ninguno llega a respirar, y por el camino se quedan personajes a medio hacer, como Curtis, el amigo de la protagonista, que parece estar ahí solo para que avance la trama. El desenlace, además, se ve venir desde lejos. Y un aviso para padres: es oscura de verdad. Hay escenas que pueden asustar a los más pequeños, así que piénsalo antes de llevar a niños de menos de diez años. Para adolescentes y adultos que amen la animación, imprescindible. Para el resto, quizá sea más bonita de ver que de seguir.
Aquí no hay izquierdas ni derechas: solo cosas que merecen tu tiempo.
Art Spiegelman · 1980–1991
Sí, es un cómic. Y sí, ganó el Pulitzer: fue la primera novela gráfica en conseguirlo.
Art Spiegelman cuenta cómo su padre, Vladek, sobrevivió a Auschwitz, y lo dibuja con los judíos como ratones, los nazis como gatos y los polacos como cerdos. Suena a fábula infantil; es lo más duro que vas a leer este año.
Lo esencial no es solo la trama sobre el Holocausto, sino también la relación con un padre insoportable al que su hijo intenta comprender. Se lee en una tarde y se tarda una semana en dejar de pensar en él. Si después de esto sigues diciendo que los cómics son para niños, el problema no es del cómic.
Por Fernando Hierro
Autor invitado



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