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Unas chapas, una tiza o una cuerda bastaban para llenar una tarde. Lo que se pierde cuando la calle deja de servir para jugar.
Hubo un tiempo en que para jugar no hacía falta casi nada. Unas chapas, unas canicas, una peonza, una tiza, una cuerda, una goma elástica o una pelota bastaban para llenar una tarde. La mayoría de las veces ni siquiera eso: el tula, el burro, el pídola, el escondite inglés o el patrio... Bastaba con salir a la calle y encontrar a otros niños dispuestos a no volver a casa temprano, apurando hasta que los llamaban las madres por la ventana.
La calle era un territorio por descubrir. Un portal servía de refugio, una pared se convertía en portería y un descampado podía ser cualquier cosa. Con unas chapas y la fotografía recortada de un ciclista se organizaba una Vuelta a España; con una tiza se dibujaba una rayuela y para ganar había que saltar a la última casilla: el cielo; con una cuerda, una sucesión interminable de saltos y canciones. Las reglas se aprendían jugando, se discutían sobre la marcha y cambiaban de una calle a otra. Siempre había alguien que aseguraba que aquello no se hacía así. Y siempre había alguien dispuesto a llevarle la contraria.
No todo era maravilloso, por supuesto. Había frío, barro, peleas, trampas, aburrimiento y rodillas desolladas. También estaba el que nunca aceptaba perder, el que cambiaba las reglas cuando le convenía y el que terminaba enfadado porque siempre la “ligaba”.
Quizá lo interesante de aquellos juegos no sea que fueran mejores que los de ahora, sino que exigían algo que ningún juguete podía proporcionar por sí solo: imaginación, espacio y otros niños. Había que inventar, negociar, competir, esperar el turno, aprender a perder y, a veces, encontrar la manera de colarse en una partida que ya había empezado. No existía un manual de instrucciones. La calle era el lugar donde se aprendía jugando.
Con el tiempo, las ciudades cambiaron. Llegaron más coches, desaparecieron solares y muchas calles dejaron de ser espacios donde quedarse para convertirse en lugares por los que pasar. Cambiaron las formas de ocio y las maneras de relacionarse. No hace falta convertir esa transformación en una batalla entre generaciones ni afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Basta con preguntarse qué se pierde cuando un lugar deja de servir para jugar.
Porque aquellos juegos no necesitaban pilas, ni pantallas ni grandes medios. Necesitaban tiempo, espacio y gente con quien compartirlo. Y quizá por eso todavía conservan algo que merece la pena recuperar. No como una lección de historia ni como un ejercicio de nostalgia, sino como una posibilidad que sigue ahí: salir, encontrarse y empezar una partida sin saber muy bien cómo terminará.
Al fin y al cabo, los juegos no desaparecen porque envejezcan. Desaparecen cuando dejamos de jugar.
Las opiniones de esta columna son exclusivamente de quien la firma y no reflejan necesariamente la posición de El Panorámico ni de Lupiloon S.L.
Imagen generada con IATres científicos calcularon hace 66 años la fecha exacta en la que la humanidad moriría aplastada por sí misma. Falta menos de un mes y, sorprendentemente, sus cuentas no iban tan desencaminadas.
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Fuentes: Science (Von Foerster, Mora y Amiot, 1960) · The Conversation (Alan MacEachern, Universidad de Western Ontario, 16 de octubre de 2026).
De Javier Calvo y Javier Ambrossi · Drama · 155 min · Ya en cines
Los Javis han ido a por todas y casi lo consiguen todo. Cogen un texto que Lorca dejó sin terminar y lo convierten en tres historias de tres épocas distintas, unidas por el deseo, el miedo y lo que se hereda de padres a hijos. Hay escenas que ya están entre lo mejor del cine español reciente. Guitarricadelafuente debuta como actor con un magnetismo que no se aprende en ninguna escuela, Miguel Bernardeau está mejor que nunca y Penélope Cruz sale poco, pero se queda con una de las mejores secuencias de la película. Y el final, un homenaje a Lorca, es de los que te dejan pegado a la butaca hasta que encienden las luces. Hacía falta valor para atreverse con algo así, y a los Javis les sobra.
Que nadie dude del talento de los Javis, pero 155 minutos son muchos minutos. La película se enamora de sí misma: cada escena quiere ser «LA ESCENA» y cada frase quiere ser la cita del año. El tramo central parece un tráiler muy largo con frases ingeniosas, y a ratos explica lo que debería dejarte sentir. Por el camino, Lorca se convierte más en un póster que en un poeta. Tiene buenos actores, una factura impecable y las mejores intenciones. Lo que le falta es tijera: con media hora menos, sería la película que quería ser.
Aquí no hay izquierdas ni derechas: solo cosas que merecen tu tiempo.
Marco Ferreri · 1958
Si crees que el mercado inmobiliario es una broma pesada, mira cómo se hacía chiste de lo mismo hace más de sesenta años. Marco Ferreri y Rafael Azcona nos llevan al Madrid de 1958, donde conseguir un piso era una odisea. Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia. José Luis López Vázquez y Mary Carrillo llevan años de noviazgo sin poder casarse porque no tienen dónde vivir. La solución: que él se case con la anciana que vive en el piso, heredar el alquiler y esperar con paciencia lo inevitable. Repito: estamos en 1958, no en 2026. Humor negro de Azcona en estado puro, un Madrid de tranvías y rebaños de cabras, y una comedia amarga que funciona como terapia de grupo para cualquiera que haya buscado piso este año.
Puedes verla en Movistar+, Amazon Prime y Filmin.



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